sábado, 16 de mayo de 2009

Añoranza de la muerte

Es curioso (ni siquiera sé si es ésta la palabra) cómo funciona el tren del pensamiento. Ya tan pronto traeré a la mesa a un escritor, a Borges. Primero, la mención de Ariadna y el laberinto me llevaron a recordar "La casa de Asterión" para luego pensar en la memoria y la reconstrucción tan personal de la realidad que es el recuerdo. En ese cuento leemos una interpretación de la realidad desde un punto de vista (probablemente) nunca pensado. La obra de arte que es el laberinto, a su vez contiene a un ser único, Asterión (¿también una obra de arte?), que ya no desea salir de casa, aunque puede hacerlo cuando lo desee. Su tiempo es la espera de quien le dará muerte: "El minotauro apenas se defendió". Quizá cuando nace una obra, al igual que los hombres, nace sabiendo que tarde o temprano debe morir. Aunque hay un dejo de deseo eterno en cada hombre, no alcanzamos a concebir una vida infinita, y el deseo de eternidad, luego de muchos años, se torna en deseo de muerte, incluso para un lienzo. Creo que cada palabra nos podría llevar por cientos de intrincadas ramas hasta formar un denso bosque a partir de un sólo árbol (allí voy de nuevo), a la manera de los árboles banianos, cuyo miembro más famoso tiene alrededor de 230 años y ocupa una superficie de 12 000 metros cuadrados (así es, con 3 ceros, sólo un árbol).
Hay días en los que uno no se halla, y hay días en los que uno está particularmente sensible. El jueves catorce viví una suerte de triple aprendizaje sobre lo mismo. Hasta el miércoles tuve la férrea convicción de que para gozar de ciertas experiencias (leer, escuchar, pensar; la comunión de la experiencia estética) hace falta una atmósfera propicia que nos aleje del vano mundo. Sin embargo, la realidad suele entrometerse y romper esa pompa de jabonosa ilusión. En un clase por la mañana, al abordar el tema de la tragedia de Edipo, justo en ese pequeño momento en que uno cree comprenderlo todo, alguien se ríe o entra al salón pidiendo atención para dar un anuncio "muy importante". Luego, en la tarde, mientras dábamos lectura en voz alta a un poema, alumnos entran y salen al tiempo que chilla la puerta, como exigiendo respeto, e interrumpiendo aún más el momento. En la noche, justo al final de un muy buen capítulo de un serie cualquiera, ya con lágrimas a punto, por un lado mi madre hablaba histriónicamente al teléfono y una ambulancia me recordaba la calle y el mundo que nunca se van. Comprendí que las distracciones son parte de la misma realidad. El arte está imbuido, por supuesto, y sometida a las mismas "omnipotentes normas". Cada uno de nosotros es de alguna manera todos los hombres. Exagero. Piensen si realmente es así. Pienso que podríamos pensar que es una tristeza perder de esa manera el arte (perderla humanamente) pero todo el tiempo estamos perdiendo, minutos, vida. Estamos perdiendo arte, pero también los recuerdos de un cuadro, la melodía escuchada en la radio sin haber llegado a saber el nombre del compositor. Quizá el valor de esas pérdidas sea solamente individual porque es en esa dimensión en la que valen, y en ella se pierden. Quiero traerles a la memoria un poema de Borges, "Límites", que seguramente recordarán. Yo creía saberlo de memoria, en inglés y francés las respectivas expresiones para de memoria son: by heart y par coeur. Ellas encierran, latientes, mucho mejor la fragilidad de la memoria hecha de músculo cardiaco y de cariño. Finalmente si recordar un poema es recrearlo cambiando una preposición, anteponiendo una coma, intercambiando una palabra, ¿qué es el color de una pintura en el corazón?, ¿qué el vibrante sonido luego de que el piano dio la última nota?
Íñigo

1 comentario:

Unknown dijo...

Tus àrboles banianos me recordaron el "platano amato" de Jerjes en la ópera homónima de Handel. "Ombra mai fu" es ya una de mis piezas favoritas. Écoute: http://www.youtube.com/watch?v=Qyg0Ttx16uk
Jorge