jueves, 14 de mayo de 2009

Añoranza estética









Hace no muchos días me levanté y recordé que había estado soñando con uno de mis cuadros favoritos, Música I, del pintor austriaco Gustav Klimt. Decidí entonces mirarlo nuevamente. Mientras lo hacía, leí que el cuadro formó parte de una serie de pinturas encargadas por el industrial Nikolaus Dumba para decorar la sala de música de su casa, el Palacio Dumba. El resto de la serie estaba conformado dos cuadros más: Música II y Schubert al piano. Ambos, según los críticos, se quemaron en el incendio del Palacio Immendorf provocado por las tropas nazis para frenar el avance soviético en 1945. De Música II no conocemos nada, pues no quedó registrado de ninguna forma su contenido. Hasta ese momento, yo no había escuchado hablar del tercer cuadro, así que me dispuse a buscarlo, pensando que mi búsqueda no tendría éxito a juzgar por lo que había pasado con Música II. Cuál fue mi sorpresa cuando, al seguir pasando las páginas de mi libro, apareció la imagen. Era tan diferente al cuadro con el que había estado soñando... ¿cómo sería Música II? ¿conciliaría la diferencia entre los estilos de los cuadros que la enmarcaban?
Hay algo que no logro comprender: si los tres formaron parte de la misma serie, si los últimos dos fueron expuestos juntos y, al parecer, destruidos juntos, ¿cómo es que ahora podemos conocer el de Schubert al piano y no el de Música II? ¿Cómo sobrevivió Música I?
A lo largo de la historia, las guerras y sus actores han sido los grandes ladrones del arte. ¿Cuántas historias no se tejen alrededor de esculturas, bocetos, cuadros, cerámicas y joyas que han sido robados, perdidos, quemados o utilizados para satisfacer necesidades lúdicas de los soldados?
El único modo que encuentro para reparar de alguna manera esas pérdidas es escribir, leer o platicar acerca de ellas, seguir la pista de su creación, movimiento y desaparición o alteración, para poder, al menos, recrearlas en la imaginación y hacer que pervivan.









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