domingo, 5 de julio de 2009

Sueños

Encuentro curioso y liberador el ejercicio de imaginar sueños. Curioso porque la imaginación consciente intenta emular las cualidades de la imaginación durmiente; y liberador porque nos deja entrar al resistente espacio de la ficción soñada que me parece, y es una simple idiotez mía (en un sentido más etimológico que ofensivo, pues no suelo insultarme gratuitamente), más real que cualquier ficción y que el sueño juntos. Como si entrar dos veces nos devolviera al lugar de donde partimos. Pero de esto hablo sin ninguna autoridad porque casi nunca recuerdo mis sueños. Algo se me ha descompuesto, y casi todas mis noches son ausencias totales. Últimamente, por ejemplo, recuerdo apenas que he soñado un par de veces con una mujer con la que tuve un encuentro terrible en el supermercado hace poco. Recuerdo que soñé con ella pero no recuerdo el sueño. He aquí dos sueños curiosos que sí recuerdo:
1) Jorge copula cerca de la copa de un árbol, ¡con el árbol! Amanece, todas las cosas despiertan con tonos dorados, hace frío y Jorge, emocionado, cumple su perversa dendrofilia (he acuñado el término para la ocasión) sin prisa. No recuerdo, sin embargo, la agitación orgásmica de sus hojas. Intenté componer un soneto sobre el suceso y terminé cuatro versos que ya no supe continuar.
2) Michelle y Barack Obama copulan en una cama cuya locación podría ser Washington D.C. Jorge hace de mirón y reflexiona sobre la corrección de su presencia ahí. No resuelve nada.
Como ven, mi memoria sólo alcanza a conservar estas escenas peculiares. Pero con estas líneas me he desviado del sueño literario y del hermoso texto que Mar compartió con nosotros. Qué cosas tan curiosas caen del cielo.

miércoles, 1 de julio de 2009

de un "nostálgico de sueños ignotos"

Leo ahora a Antonio Tabucchi y me acuerdo de nosotros. Él se preguntó un día por los sueños que pudieron haber tenido sus escritores, pintores, músicos favoritos y se lamentó (un poco) porque ninguno de ellos los dejó consignados... al menos no de una manera evidente. Así, Tabucchi se dispuso a imaginar los sueños de aquellos a partir de lo que hubieron escrito, pintado, creado y vivido. Y salió este pequeño librito, Sueños de sueños, cuya primera imaginación transcribiré a continuación, pues verán de qué manera tan agradable, además de la obvia, se relaciona con nuestras entradas anteriores:

SUEÑO DE DÉDALO, ARQUITECTO Y AVIADOR
Una noche de hace miles de años, en un tiempo que no es posible calcular con exactitud, Dédalo, arquitecto y aviador, tuvo un sueño.
Soñó que se encontraba en las entrañas de un palacio inmenso, y estaba recorriendo un pasillo. El pasillo desembocaba en otro pasillo y Dédalo, cansado y confuso, lo recorría apoyándose en las paredes. Cuando hubo recorrido el pasillo, llegó a una pequeña sala octogonal de la cual partían ocho pasillos. Dédalo empezó a sentir una gran ansiedad y un deseo de aire puro. Enfiló un pasillo, pero éste terminaba ante un muro. Recorrió otro, pero también terminaba ante un muro. Dédalo lo intentó siete veces hasta que, al octavo intento, enfiló un pasillo larguísimo que tras una serie de curvas y recodos desembocaba en otro pasillo. Dédalo entonces se sentó en un escalón de mármol y se puso a reflexionar. En las paredes había antorchas encendidas que iluminaban frescos azules de pájaros y de flores.
Sólo yo puedo saber cómo salir de aquí, se dijo Dédalo, y no lo recuerdo. Se quitó las sandalias y se puso a caminar descalzo sobre el suelo de mármol verde. Para consolarse, se puso a cantar una antigua cantilena que había aprendido de una vieja criada que lo había acunado en la infancia. Los arcos del largo pasillo le devolvían su voz diez veces repetida.
Sólo yo puedo saber cómo salir de aquí, se dijo Dédalo, y no lo recuerdo.
En aquel momento salió a una amplia sala redonda, con frescos de paisajes absurdos. Aquella sala la recordaba, pero no recordaba por qué la recordaba. Había algunos asientos forrados con lujosos tejidos y, en el centro de la habitación, una ancha cama. En el borde de la cama estaba sentado un hombre esbelto, de complexión ágil y juvenil. Y aquel hombre tenía una cabeza de toro. Sostenía la cabeza entre las manos y sollozaba. Dédalo se le acercó y posó una mano sobre su hombro. ¿Por qué lloras?, le preguntó. El hombre liberó la cabeza de entre las manos y lo miró con sus ojos de bestia. Lloro porque estoy enamorado de la luna, dijo, la ví una sola vez, cuando era niño y me asomé a una ventana, pero no puedo alacanzarla porque estoy prisionero en este palacio. Me contentaría sólo con tenderme en un prado, durante la noche, y dejarme besar por sus rayos, pero estoy prisionero en este palacio, desde mi infancia estoy prisionero en este palacio. Y se echó a llorar de nuevo.
Y entonces Dédalo sintió un gran pesar y el corazón comenzó a palpitarle fuertemente en el pecho. Yo te ayudaré a salir de aquí, dijo.
El hombre-bestia levantó otra vez la cabeza y lo miró con sus ojos bovinos. En esta habitación hay dos puertas, dijo, y vigilando cada una de las puertas hay dos guardianes. Una puerta conduce a la libertad y otra puerta conduce a la muerte. Uno de los guardianes siempre dice la verdad, el otro miente siempre. Pero yo no sé cuál es el guardián que dice la verdad y cuál es el guardián que miente, ni cuál es la puerta de la libertad y cuál es la puerta de la muerte.
Sígueme, dijo Dédalo, ven conmigo.
Se acercó a uno de los guardianes y le preguntó: ¿Cuál es la puerta que según tu compañero conduce a la libertad? Y entonces se fue por la puerta contraria. En efecto, si hubiera preguntado al guardián mentiroso, éste, alterando la indicación verdadera del compañero, les habría indicado la puerta del patíbulo; si, en cambio, hubiera preguntado al guardián veraz, éste, dándoles sin modificar la indicación falsa del compañero, les habría indicado la puerta de la muerte.
Atravesaron aquella puerta y recorrieron de nuevo un largo pasillo. El pasill ascendía y desembocaba en un jardín colgante desde el cual se dominaban las luces de una ciudad desconocida.
Ahora Dédalo recordaba, y se sentía feliz de recordar. Bajo los setos había escondido plumas y cera. Lo había preparado para él, para huir de aquel palacio. Con aquellas plumas y aquella cera construyó hábilmente un par de alas y las colocó sobre los hombros del hombre-bestia. Después lo condujo hasta el borde del jardín y le habló.
La noche es larga, dijo, la luna muestra su cara y te espera, puedes volar hasta ella.
El hombre-bestia se dio la vuelta y lo miró con sus mansos ojos de bestia. Gracias, dijo.
Ve, dijo Dédalo, y lo ayudó con un suave empujón. Miró cómo el hombre bestia se alejaba con amplias brazadas en la noche, volando hacia la luna. Y volaba, volaba.
Espero que les guste.

sábado, 16 de mayo de 2009

Añoranza de la muerte

Es curioso (ni siquiera sé si es ésta la palabra) cómo funciona el tren del pensamiento. Ya tan pronto traeré a la mesa a un escritor, a Borges. Primero, la mención de Ariadna y el laberinto me llevaron a recordar "La casa de Asterión" para luego pensar en la memoria y la reconstrucción tan personal de la realidad que es el recuerdo. En ese cuento leemos una interpretación de la realidad desde un punto de vista (probablemente) nunca pensado. La obra de arte que es el laberinto, a su vez contiene a un ser único, Asterión (¿también una obra de arte?), que ya no desea salir de casa, aunque puede hacerlo cuando lo desee. Su tiempo es la espera de quien le dará muerte: "El minotauro apenas se defendió". Quizá cuando nace una obra, al igual que los hombres, nace sabiendo que tarde o temprano debe morir. Aunque hay un dejo de deseo eterno en cada hombre, no alcanzamos a concebir una vida infinita, y el deseo de eternidad, luego de muchos años, se torna en deseo de muerte, incluso para un lienzo. Creo que cada palabra nos podría llevar por cientos de intrincadas ramas hasta formar un denso bosque a partir de un sólo árbol (allí voy de nuevo), a la manera de los árboles banianos, cuyo miembro más famoso tiene alrededor de 230 años y ocupa una superficie de 12 000 metros cuadrados (así es, con 3 ceros, sólo un árbol).
Hay días en los que uno no se halla, y hay días en los que uno está particularmente sensible. El jueves catorce viví una suerte de triple aprendizaje sobre lo mismo. Hasta el miércoles tuve la férrea convicción de que para gozar de ciertas experiencias (leer, escuchar, pensar; la comunión de la experiencia estética) hace falta una atmósfera propicia que nos aleje del vano mundo. Sin embargo, la realidad suele entrometerse y romper esa pompa de jabonosa ilusión. En un clase por la mañana, al abordar el tema de la tragedia de Edipo, justo en ese pequeño momento en que uno cree comprenderlo todo, alguien se ríe o entra al salón pidiendo atención para dar un anuncio "muy importante". Luego, en la tarde, mientras dábamos lectura en voz alta a un poema, alumnos entran y salen al tiempo que chilla la puerta, como exigiendo respeto, e interrumpiendo aún más el momento. En la noche, justo al final de un muy buen capítulo de un serie cualquiera, ya con lágrimas a punto, por un lado mi madre hablaba histriónicamente al teléfono y una ambulancia me recordaba la calle y el mundo que nunca se van. Comprendí que las distracciones son parte de la misma realidad. El arte está imbuido, por supuesto, y sometida a las mismas "omnipotentes normas". Cada uno de nosotros es de alguna manera todos los hombres. Exagero. Piensen si realmente es así. Pienso que podríamos pensar que es una tristeza perder de esa manera el arte (perderla humanamente) pero todo el tiempo estamos perdiendo, minutos, vida. Estamos perdiendo arte, pero también los recuerdos de un cuadro, la melodía escuchada en la radio sin haber llegado a saber el nombre del compositor. Quizá el valor de esas pérdidas sea solamente individual porque es en esa dimensión en la que valen, y en ella se pierden. Quiero traerles a la memoria un poema de Borges, "Límites", que seguramente recordarán. Yo creía saberlo de memoria, en inglés y francés las respectivas expresiones para de memoria son: by heart y par coeur. Ellas encierran, latientes, mucho mejor la fragilidad de la memoria hecha de músculo cardiaco y de cariño. Finalmente si recordar un poema es recrearlo cambiando una preposición, anteponiendo una coma, intercambiando una palabra, ¿qué es el color de una pintura en el corazón?, ¿qué el vibrante sonido luego de que el piano dio la última nota?
Íñigo

Nostalgia del vacío

Sabido es, querida Mar —si tradición apócrifa no miente, querido Jorge—, que Música II desapareció para que un día Ariadna amaneciera pensando en otras ausencias no menos mortificantes que la de Teseo, y porque solo la perfidia podía sacarnos del ensueño y movernos a dar cuerpo a la nada, como tú nos propones, fingiendo ignorar con femenil disimulo que ningún Baco acudirá ya en nuestro socorro. Te confesaré mi secreto: yo vi Música II, y lo olvidé, para que tú pudieras anhelar síntesis inconciliables y Jorge desayunar chilaquiles. Pero si quieres, preguntaré a quienes también lo vieron, o si lo prefieres, al fuego purificador. Convocaré todas las almas. Prometo enterarme, en tanto que nuestro Jorge, catador de aceitunas y existencias, nos ofrece sus vidas mínimas.

viernes, 15 de mayo de 2009

Sutiles memorias

Nueva y enferma Ariadna, Mar nos ha ofrecido un hilo para iniciar el laberinto. Ayer alguien me dijo que la felicidad estaba hecha de repetición: ver, una y otra vez, a los que amas; comer una aceituna tras otra sin empacarse más de una lata por sesión; volver a leer un poema, volver a mirar una pintura. Pero viene la suerte con su mano de pólvora y hace de nuestro lienzo una "mariposa en cenizas desatada". (Pregunta: ¿del otro lado del Atlántico se usa el verbo "farolear" [presumir]? Daré un ejemplo de su uso en contexto: Jorge suele adornar sus textos con citas gongorinas con el único y encomiable propósito de farolear. No sé si citarlo me granjeará alguna vez un empleo o un romance, pero seguiré intentando). Entonces, Ariadna (que si a Mar molesta que la llame así puede anunciarlo) sugiere escribir para conjurar esta desgracia, y celebro que con esta labor tan suave amanezca nuestro blog (qué palabra más fea, si nadie sugiere algo mejor le llamaré Ramón). Hablemos pues, para que los muertos (hombres y obras) se queden con nosotros. Hay mucha poesía en que una obra se pierda para vivir en la boca de las personas. La biblioteca de Alejandría, por ejemplo, también se nos desató para que muchos bibliófilos la idealizarán con nostalgia. Sugiero un ejercicio: imaginemos la música de los cuadros de Klimt: ¿qué piezas nos gustaría escuchar en esos lienzos? ¿Schubert, La Sonora Matancera, Mahler, José José, Hanna Montana, Satie...?
Ahora, otra estrategia desprestigiada de la memoria (sobre la que quería escribir desde un principio): la biografía breve. Yo tengo entre mis más estimados libros uno que se titula "20,000 biografías breves" [Eduardo Cárdenas (dir.), Hanover, Pennsylvania, Libros de América, Inc., 1963. ] Pocos placeres tan sutiles como acercarme al librero y sostener entre las manos 20,000 vidas memorables. Escuchar un pieza para órgano en la radio y oir la torpe voz del locutor decir que fue escrita por un tal Bucsde%&/$() en el siglo XVII. Correr al librero y buscar y encontrar: "Buxtehude, Dietrich (1637-1707), organista y compositor n. en Helsingborg, Suecia; fue un famoso organista de la iglesia Marienkirche, Lübeck, donde instituyó el Abendmusiken , concierto sagrado anual durante el Adviento; Juan Sebastián Bach caminó 80 kilómetros para oirlo; autor de música para el órgano y cantatas." Entonces me cayó como un tabique en la cabeza: uno puede vivir 70 años y ser recordado en un libro porque un fulano (pero claro, ¡qué fulano!) caminó una barbaridad para oirlo tocar un instrumento. Seguí leyendo, hasta hoy, biografías breves, para coleccionar las más curiosas (que compartiré con ustedes, si gustan, en los días por venir). Las manos de Buxtehude se nos han ido, pero no el placer de imaginar a un gordito luterano que caminó 80 kilómetros para escucharlo y que no se arrepintió y que fue invitado por el prodigioso organista a casarse con su hija (con todos los beneficios en el ambiente musical que eso hubiera conllevado) pero que no lo hizo porque era rotundamente fea.
¿Cuántos kilómetros caminaremos por un placer? Me voy. Esta mañana desayunaré chilaquiles. Rage, rage against the dying of the light. (Dylan Thomas). Jorge.

jueves, 14 de mayo de 2009

Añoranza estética









Hace no muchos días me levanté y recordé que había estado soñando con uno de mis cuadros favoritos, Música I, del pintor austriaco Gustav Klimt. Decidí entonces mirarlo nuevamente. Mientras lo hacía, leí que el cuadro formó parte de una serie de pinturas encargadas por el industrial Nikolaus Dumba para decorar la sala de música de su casa, el Palacio Dumba. El resto de la serie estaba conformado dos cuadros más: Música II y Schubert al piano. Ambos, según los críticos, se quemaron en el incendio del Palacio Immendorf provocado por las tropas nazis para frenar el avance soviético en 1945. De Música II no conocemos nada, pues no quedó registrado de ninguna forma su contenido. Hasta ese momento, yo no había escuchado hablar del tercer cuadro, así que me dispuse a buscarlo, pensando que mi búsqueda no tendría éxito a juzgar por lo que había pasado con Música II. Cuál fue mi sorpresa cuando, al seguir pasando las páginas de mi libro, apareció la imagen. Era tan diferente al cuadro con el que había estado soñando... ¿cómo sería Música II? ¿conciliaría la diferencia entre los estilos de los cuadros que la enmarcaban?
Hay algo que no logro comprender: si los tres formaron parte de la misma serie, si los últimos dos fueron expuestos juntos y, al parecer, destruidos juntos, ¿cómo es que ahora podemos conocer el de Schubert al piano y no el de Música II? ¿Cómo sobrevivió Música I?
A lo largo de la historia, las guerras y sus actores han sido los grandes ladrones del arte. ¿Cuántas historias no se tejen alrededor de esculturas, bocetos, cuadros, cerámicas y joyas que han sido robados, perdidos, quemados o utilizados para satisfacer necesidades lúdicas de los soldados?
El único modo que encuentro para reparar de alguna manera esas pérdidas es escribir, leer o platicar acerca de ellas, seguir la pista de su creación, movimiento y desaparición o alteración, para poder, al menos, recrearlas en la imaginación y hacer que pervivan.